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The Crown…no vivieron felices ni fue para siempre…

Por Tatiana Ramírez Q. 

The Crown, la serie sobre la vida real Británica, ganadora recientemente de los premios Emmy y Golden Globes. Sigue cautivando en su última temporada bajo el gobierno de dos nuevas protagonistas “La Princesa del pueblo” y la “Dama de Hierro”.
Las últimas declaraciones de los duques de Sussex durante la entrevista con Oprah Winfrey siguen en el aire y en la arena de la polémica rozando al escándalo. El príncipe Harry comentó en la entrevista, que ha visto reflejada en la serie la vida de su madre, en sus momentos más brillantes, así como los más oscuros y dolorosos. La última temporada de “The Crown”, nos revive como si hubiera sido ayer, la desventurada vida amorosa, de quien fuera la pareja más mediática de la década de los ochenta: Lady Diana Spencer y el príncipe de Gales Carlos, futuro rey de la corona Británica.

Usualmente, la noche antes de una boda es una noche de cuentos de hada, nerviosismo y dolor de estómago por la ilusión y la expectación. No pegas un ojo pensando cómo resultará todo, mirando hacia atrás y soñando con un futuro. Imaginamos que es así para todos los mortales y, si se trata de príncipes y princesas por alguna razón le agregamos unos toques de glamour, sofisticación y polvo de estrellas.

Si creemos en la versión de “The Crown” -que tiendo a pensar que en este punto debe acercarse bastante a lo que sucedió realmente- nada de eso pasó la noche del 28 de julio de 1981. Por el contrario, el príncipe Carlos y Diana Spencer, la pareja que haría historia como protagonistas de la Boda del Siglo, vivieron una noche previa triste, desesperada y viviendo el desamor que se trasformaría en 11 años casi de pesadilla.

La princesa Margarita, en la serie, pareciera hacer la pregunta clave: “¿Cuántas veces puede esta familia seguir cometiendo el mismo error?”. Quienes han seguido la serie y quienes alguna vez se han interesado acerca de los ires y venires de la realeza saben que la hermana de Isabel II hablaba con conocimiento de causa. A ella se le prohibió casarse con el amor de su vida, el capitán de grupo y caballerizo de Jorge VI e Isabel II, Peter Townsend, por ser un hombre divorciado. Y no se olvidará nunca que Eduardo VIII, tío de Isabel II y Margarita, debió abdicar al trono inglés para casarse con Wallis Simpson, la divorciada estadounidense que remeció la corona británica.

En fin, la cuarta temporada de la exitosa serie tiene la fortaleza de mujer, plebeyas y aristocráticas, que escribieron su nombre en la historia del siglo XX. Esta vez la reina Isabel II, la portadora de la Corona, cede parte del protagonismo a dos mujeres que llenaron páginas de prensa y luego de libros de historia no solo británica sino mundial: Margaret Thatcher y Diana Spencer.

En esta temporada, como también ha sucedido en las anteriores a mi juicio, una de las fortalezas de la serie es mostrar los conflictos de la casa real matizados y desde distintos puntos de vista. Esta vez la reina Isabel lleva relaciones fuertes tanto con la Primera Ministra del reino como con su nuera, en un momento histórico en que Inglaterra lo estaba pasando bastante mal. Baja económica, desempleo creciente, la posición frente al apartheid en Sudáfrica, la Guerra de las Malvinas y la violencia del IRA irlandés, entre otros eventos, además de las turbulencias al interior de la familia real, dan pie a capítulos que ponen a prueba la fortaleza, la paciencia y el sentido del deber y del deber ser de la soberana quien ha sido formada en la norma de dejar de lado sus emociones para actuar.

Diana se siente infeliz y superada por la fría recepción no solo de su novio y luego marido, sino también de su nueva familia política. Sin embargo, se convierte en el aire fresco y necesario para acercar a la familia real a su pueblo. Carlos envidia su popularidad, también la princesa Ana, y seguramente también el resto de los Windsor, pero la ciudadanía la hace su preferida. Inocente, encantadora, espontánea y preocupada sinceramente de la gente común, no solo los británicos sino el mundo entero cae perdidamente enamorado a sus pies.

Pero no Carlos. Una vez más los matices de la serie. Si, por razones obvias de la historia real, el Príncipe de Gales nunca ha tenido la simpatía de quienes quizás serán sus súbditos, aquí pensamos dos veces en la miseria de la tragedia que le ha tocado vivir. Fue alejado de la mujer que siempre amó pues no fue considerada digna pareja de un futuro rey y pareciera haberse sentido siempre pasado por alto y jamás escuchado, ni por la Isabel-madre ni por la Isabel-reina ni por nadie. No obstante, nada justifica la actitud displicente, directamente antipática y hasta humillante que no solo muestra la serie sino que se ve también en fotografías de la época de su matrimonio con Diana.  

En esta temporada el uso de un mayor número de imágenes originales de eventos que realmente sucedieron le da un toque más cercano a las historias que se van tejiendo capítulo a capítulo, pues son eventos que ya recordamos algunos de nosotros. Por otro lado, ese juego de entrar en la intimidad de la realeza, que es el fondo de “The Crown”, pareciera irse haciendo cada vez más y más “real” y uno no puede dejar de preguntarse si los miembros de la familia real británica, o de cualquiera de las otras monarquías, habrán discutido TAN abiertamente sus sentimientos y sus dudas existenciales como lo hacen en la serie. Lo más probable es que la respuesta sea un absoluto no, pero aquí crea un drama tan humano, que por momentos parte el alma, al poner en la balanza privilegios y sentimientos, que hasta se llega a esperar un cambio en la historia para que siga un curso distinto del que conocemos.

No hay duda de que para muchos esta serie ha sido, sumando y restando, una buena herramienta de publicidad para la familia real británica, que quizás ha logrado que sus aciertos y desaciertos sean vistos con ojos renovados considerando nuevas perspectivas y contextos que ahora se entienden quizás mejor.

Trailer

La serie se encuentra disponible en streaming en #Netflix

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