por Catalina Donoso
Hay autores que descubrimos por casualidad y otros que, sin darnos cuenta, siempre han estado presentes en nuestra historia.
Mi primer recuerdo de Isabel Allende no nació en una biblioteca, sino en el salón de mi casa. Era pequeña y observaba a mi madre sentada en el sofá leyendo un libro que parecía atraparla por completo. Cada cierto tiempo levantaba la vista, suspiraba y volvía a perderse entre sus páginas. Aquel libro era La casa de los espíritus.
En ese momento yo era demasiado pequeña para comprender qué podía provocar semejante emoción. Solo muchos años después, cuando vi la adaptación cinematográfica protagonizada por Meryl Streep, Glenn Close, Jeremy Irons, Winona Ryder y Antonio Banderas, entendí que mi madre no solo estaba leyendo una novela. Estaba viajando por una historia donde la memoria, la familia, el amor y la historia de un país se entrelazaban de una forma profundamente humana.
El tiempo siguió su curso y la vida volvió a cruzar mi camino con Isabel Allende.
Cuando vivía en Londres, mi tía me regaló un ejemplar de Paula. En aquella época encontrar libros en español no era tan sencillo para mí, por lo que aquel volumen era casi un tesoro. Comencé a leerlo sin imaginar que terminaría enfrentándome a una de las obras más intensas y conmovedoras que he leído. Más que una novela, era una carta de amor, de despedida y de resistencia escrita por una madre. Todavía hoy considero que es uno de los libros más valientes de Isabel Allende.
Con los años llegaron más lecturas, pero también experiencias que jamás imaginé vivir.
Durante la pandemia tuve la oportunidad de participar, junto a otros periodistas, en una entrevista con Isabel Allende a través de Zoom. Recuerdo su cercanía, su sentido del humor y esa lucidez que convierte cualquier conversación con ella en una experiencia inolvidable. No era solamente una escritora reconocida internacionalmente; era una mujer que seguía mirando el mundo con curiosidad y una sorprendente vitalidad.
El destino todavía me tenía preparada otra anécdota.
Tiempo después fui invitada a la presentación de una serie inspirada en su vida. Debía entrevistar a Daniela Ramírez, la actriz protagonista. Mientras esperaba en la barra del lugar, comencé a conversar con un hombre sobre la serie. Comenté lo que me había parecido, sin imaginar que estaba hablando con Rodrigo Bazaes, su director. Cuando me dijo quién era, no pude evitar reírme. Por fortuna, mis comentarios habían sido favorables.
Hace poco volví a encontrarme con Isabel Allende, esta vez en el Teatro Oriente, durante la presentación de su novela Emilia del Valle. Escucharla hablar a sus más de ochenta años fue un privilegio. Conservaba la misma energía, la misma ironía y la misma capacidad de cautivar a quienes la escuchaban. Al terminar la conferencia, muchos lectores esperamos verla salir para saludarla. El automóvil partió antes de que pudiera detenerse. Fue un instante breve, pero también comprendí que algunas personas dejan una huella incluso cuando el encuentro dura apenas unos segundos.
Quizás, sin embargo, lo que más me ha hecho reflexionar sobre Isabel Allende no ha sido una entrevista ni una conferencia, sino una frase que ha repetido en distintas ocasiones: que no se considera chilena porque nació en Perú y ha pasado gran parte de su vida fuera de Chile.
Cada vez que la escucho decirlo vuelvo a pensar en mi propia historia.
Yo también he vivido durante muchos años lejos de mi país de origen. He conocido otras culturas, otros idiomas y otras formas de entender el mundo. Sin embargo, crecí escuchando a mi madre hablar de Chile con un cariño inmenso. Me enseñó a admirar un país abrazado por la cordillera de los Andes, acariciado por el océano Pacífico y capaz de regalar algunos de los atardeceres más hermosos que he visto.
Entonces surge una pregunta que quizá no tenga una única respuesta.
¿La identidad depende del lugar donde nacemos, del tiempo que permanecemos en un país o de los recuerdos que llevamos con nosotros?
Tal vez Isabel Allende nunca pretendió responder esa pregunta de forma definitiva. Quizás su verdadera patria siempre ha sido la literatura.
Porque, al final, los escritores construyen un hogar distinto. Un territorio hecho de palabras, de personajes y de memorias que pertenece a todos aquellos que alguna vez abrieron uno de sus libros.
Y quizá esa sea la mayor paradoja de Isabel Allende: una autora que ha recorrido el mundo, que ha vivido entre distintos países y que, sin embargo, ha conseguido que millones de lectores encuentren un pedazo de sí mismos en las historias que escribió.
Más que una escritora chilena, peruana o estadounidense, Isabel Allende es una autora universal. Y tal vez ese sea el destino de quienes escriben con el corazón: dejar de pertenecer a un solo lugar para convertirse, a través de sus libros, en patrimonio de todos.
Mientras escribía estas líneas comprendí algo que nunca había pensado con tanta claridad.
Cuando era niña vivía en Madrid. Tendría apenas cuatro o cinco años y no sabía dónde quedaba Chile. No conocía su geografía, ni su historia, ni sus paisajes. Pero sí sabía una cosa: era el país de mi madre.
La veía sentada en el sofá leyendo La casa de los espíritus. A veces sonreía, otras suspiraba, y yo intuía que aquellas páginas la llevaban de regreso a un lugar que extrañaba profundamente. Sin darme cuenta, Isabel Allende construyó el primer puente entre mi infancia y ese país que algún día también aprendería a querer.
Mucho antes de conocer Chile, yo ya lo había imaginado a través de los ojos de mi madre.
Con el paso de los años comprendí que los libros tienen ese poder extraordinario: no solo cuentan historias, también conservan la memoria, acortan las distancias y mantienen vivo el vínculo con aquello que amamos, incluso cuando estamos a miles de kilómetros de casa.
Quizá por eso Isabel Allende ha acompañado distintas etapas de mi vida. Porque, antes de convertirse en una de las grandes escritoras de la literatura contemporánea, fue la autora que, sin saberlo, me presentó un país que todavía no conocía, pero que ya ocupaba un lugar en mi corazón.
«Antes de conocer Chile en un mapa, lo conocí en los ojos de mi madre.»
«Mucho antes de conocer Chile, ya había comenzado a quererlo. Y ese primer viaje no lo hice en un avión. Lo hice sentada junto a mi madre, mientras ella pasaba lentamente las páginas de un libro.»
