por Catalina Donoso

Office Romance: cuando el amor se convierte en una fórmula sin alma
Hay películas románticas que nos hacen suspirar.
Otras nos hacen reír.
Y algunas consiguen ambas cosas al mismo tiempo.
Office Romance lamentablemente no pertenece a ninguna de esas categorías.
No esperaba una revolución cinematográfica. Jennifer Lopez ha construido una exitosa carrera dentro de la comedia romántica y el género suele apoyarse en fórmulas conocidas. Sin embargo, incluso las historias más predecibles pueden funcionar cuando existe química entre los protagonistas y una conexión emocional capaz de convencer al espectador.
Aquí es donde la película encuentra su principal problema.
La historia intenta vendernos un romance instantáneo entre una poderosa directora ejecutiva de una aerolínea y un abogado que queda completamente cautivado desde el primer momento. Lo que debería ser el comienzo de una relación interesante termina convirtiéndose en una sucesión de situaciones forzadas donde la atracción física sustituye el desarrollo emocional.
La película parece asumir que el espectador creerá automáticamente en la relación simplemente porque los personajes son atractivos y comparten algunas escenas románticas. Pero el amor rara vez funciona así.
Podemos sentir atracción en segundos.
Podemos sentir curiosidad en minutos.
Pero enamorarse es otra historia.

Por eso resulta tan difícil conectar con una relación que avanza a toda velocidad sin permitir que los personajes construyan confianza, complicidad o intimidad emocional. Todo ocurre tan rápido que nunca llegamos a entender por qué estas dos personas deberían estar juntas más allá de una atracción inicial.
Y quizás por eso muchas de las mejores historias románticas recientes provienen de las series coreanas. No porque sean más apasionadas, sino porque entienden algo fundamental: el romance no se trata del beso.
Se trata del camino que lleva hasta él.
De las conversaciones.
De las miradas.
De los silencios compartidos.
De esos pequeños momentos en que dos personas comienzan a ocupar un lugar importante en la vida del otro sin darse cuenta.
El espectador no espera una escena romántica porque sí.
La espera porque siente que la ha ganado junto a los personajes.
Office Romance nunca encuentra ese equilibrio. Intenta construir una fantasía de lujo, poder, viajes exóticos y pasión inmediata, recordando por momentos a otras películas mucho más exitosas que ya exploraron esas mismas ideas.
Sin embargo, la química nunca termina de aparecer y el romance se siente artificial. Lo que debería resultar encantador termina pareciendo una colección de escenas familiares tomadas de otras historias que lograron desarrollar mejor a sus personajes.
Al final, la película deja una reflexión involuntaria.
El amor verdadero rara vez llega como un relámpago.
Muchas veces aparece lentamente.
Y con frecuencia el ser humano es el último en reconocer que ya ha perdido el corazón por otra persona.
Quizás por eso los romances que permanecen en nuestra memoria no son aquellos donde los personajes se enamoran en una tarde.
Son aquellos donde acompañamos cada paso del viaje.
Porque el romance no está en el destino.
Está en el recorrido.
