
`Los realities regresan, y Canal 13 lanza Vecinos al Límite, un programa centrado en la vida en comunidad: conflictos, personalidades y diferencias sociales. Para esta convocatoria, anunciada en televisión y redes, más de 5.000 personas se preinscribieron y asistieron al casting presencial en el Parque Araucano el 31 de enero, muchas viajando desde regiones con la ilusión de formar parte del reality. El objetivo del casting era seleccionar 16 participantes anónimos, quienes convivirían junto a famosos en un barrio, y toda la jornada fue organizada por los conductores Sergio Lagos y Karla Constant, con dinámicas y registros audiovisuales pensados para ser parte del primer episodio del programa.
Entre la expectativa oficial y la ilusión de los asistentes, se vivió un encuentro lleno de emoción, nervios y esperanza… pero también de confusión y contradicciones que yo misma presencié.
La fila y la ilusión de los fans

Llegué pasada las 9:00 a.m. al encuentro, pero cómo llegué al casting tiene su historia: un amigo me preguntó por teléfono la noche anterior si iría y me pidió que lo acompañara, que sería divertido; íbamos a ir varios amigos. Yo no sabía nada del proceso hasta que busqué información en internet, donde leí sobre la convocatoria.
Al día siguiente, al llegar, debo confesar que lo que comenzó como un encuentro entre amigos para vivir la experiencia del casting fue tomando color gracias al entusiasmo del ambiente. La fila era kilométrica. Algunos chicos con camisetas del reality entregaban pulseras naranjas para Santiago y verdes para regiones. El calor aumentaba con las horas, pero la energía de los asistentes era contagiosa: ilusión, esperanza y un poco de nervios.
Yo estaba sola en la fila esperando a mi amigo, pero pronto empecé a hablar con otras personas y a conocer sus historias y anhelos. Fue un momento bonito, lleno de alegría e ilusión.
Durante la espera, las cámaras grababan testimonios, un dron sobrevolaba mostrando la multitud y se realizaban juegos y dinámicas que mantenían entretenidos a los presentes. Los animadores del reality grababan la experiencia; sin duda, era un gran show, con mucho entusiasmo y carteles del programa por todas partes.
Era imposible no notar que, mientras la producción obtenía material audiovisual, los participantes esperaban bajo el sol, sin saber cómo realmente se desarrollaría la selección.
La confusión bajo tierra
Cerca de las 11:30 a.m., llegó mi amigo al casting y me reveló algo que cambiaría mi percepción:
—“Esa no es la fila. Hay que ir al piso -4.”
Lo seguí y descendimos a un subterráneo donde había un salón amplio con tres mesas y tres entrevistadores. Allí no había cámaras, juegos, carteles ni drones: todo era simple, frío y calculador. Cada entrevista duraba varios minutos, y el número de participantes era mucho menor —no superaban las 200 personas— mientras afuera miles seguían esperando.
No había señalización ni información sobre esta etapa. Todo era confuso y vigilado por varios guardias que controlaban cada movimiento. En un pasillo, custodiado por más seguridad, se encontraba el sector de los camerinos de los animadores que venían a descansar, completamente separado del flujo principal de los postulantes.
Filtros y preselecciones

En esa área no pasaban de 200 personas, y me sorprendí mucho cuando, de repente, un hombre llegó y dijo:
—“Hasta aquí llega la fila. No entrará nadie más, no va a venir más gente.”
Pensé: ¡Qué horror! ¿Cómo estarían afuera casi 5.000 personas que venían con ilusión y ahora se tenían que ir a casa?
Pasadas unas horas, vi que una chica estaba conectada a las redes del reality, y la realidad que se mostraba en televisión era muy distinta. Afuera, había una gran concurrencia haciendo un verdadero show televisivo con los animadores, quienes aparentemente seleccionaban a los participantes. Yo nunca vi a los animadores bajar al subterráneo ni elegir a nadie allí. Incluso, algunos participantes recibían regalos y el ambiente era totalmente televisivo, mientras en el subterráneo todo era más frío y técnico.
La entrevista tenía otro estilo; no era como American Idol o X Factor. Cada persona era evaluada durante 15 a 20 minutos de manera meticulosa. Allí se aplicaba un criterio claro:
- Cartulina D: avanzabas. Subías para tu presentación frente a los animadores, grababas un video y continuabas en el proceso.
- Cartulina E: quedabas fuera.
Algunos ya conocían el proceso o tenían códigos especiales, mientras otros permanecían horas esperando sin información. La transmisión en redes mostraba una instancia más televisiva con animadores y cámaras, donde solo ciertos participantes interactuaban. Esta combinación de filtros y procesos paralelos generaba una sensación evidente: la selección no era equitativa ni transparente.
Mi turno
Alrededor de las 17:30 horas llegó mi turno. Apenas me senté, me entregaron la cartulina E: quedaba fuera. La explicación fue directa:
—“Usted sabe por qué. Aquí no entra prensa.”
Uno de los requisitos del formulario era dejar las redes sociales, y al ver la mía, claramente marcada como prensa, el entrevistador decidió que no podía continuar. Su actitud fue dura, incluso despectiva; era argentino y casi parecía molesto cuando intenté hacer preguntas sobre el reality. Afirmó que estaba tomando notas, pero no escribió nada y tampoco me preguntó nada sobre mí. Todo lo que decía parecía carecer de importancia: ya estaba escrito en la cartulina, fuera, prensa.
Falsa ilusión

Al salir al exterior, después de horas encerrada, de pie y sin comer, vi otra realidad: la fila seguía con cientos de personas esperando, muchas viajando desde regiones, sin saber que las decisiones clave ya se habían tomado internamente.
Fue un momento confuso para mí; incluso parece ingenuo pensar que las personas tenían igualdad de méritos y oportunidades cuando la realidad es que nunca fue así. La ilusión de los asistentes, su tiempo, sus ganas y entusiasmo contrastaban con la fría realidad de la preselección y los códigos especiales. Me hizo reflexionar sobre cuánta gente participó con esperanza, creyendo que tenía oportunidad real, mientras la producción obtenía material sobre ellos gratis, que sería usado como parte del contenido audiovisual para televisión, generando espectáculo y emoción.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿es justo jugar con la ilusión de las personas, aprovechar su entusiasmo y sus sueños solo para crear contenido televisivo? Para mí, esa ilusión no debería ser manipulada; no es ético usar a quienes confían en una oportunidad que, en realidad, ya estaba definida de antemano.
¿Dónde queda el arte, la confianza, el amor al prójimo, la ética de la comunicación? Todo eso queda en el aire. Cuando ustedes vean el programa, con entrevistas, competencias y la elección de los candidatos en televisión, ya saben: antes hubo una preselección establecida, y lo que están viendo es solo otra ilusión más de televisión, no la realidad de una competencia.
