
por Catalina Donoso
Fui a ver nuevamente la película El fin del mundo, o en inglés Greenland, para recordarla y redescubrirla con otros ojos. Esta vez la encontré en la plataforma Diamond de Prime Video, y debo decir que me volvió a gustar mucho. Es una cinta que nos pone a prueba como espectadores y como seres humanos: nos enfrenta a la pregunta inevitable de cómo reaccionaríamos si realmente se acercara el fin del mundo.
Y no es fácil. Porque cuando el tiempo apremia no hay espacio para largas reflexiones: hay que actuar rápido, casi de forma frívola. La incertidumbre, la desesperación y el desconcierto son las grandes premisas de esta película estrenada en 2020, un año que ya era, en sí mismo, apocalíptico por la pandemia del Covid-19.
El día del fin del mundo: Migración (Greenland 2: Migration)
Seis años después, la historia regresa y nos invita a volver al origen para entender esta continuación. En ella, nuestros protagonistas se ven forzados a abandonar su zona de confort, el búnker de Groenlandia, para buscar un nuevo horizonte donde vivir y comenzar otra vida. Esa cruzada no será sencilla. En el camino deberán enfrentar múltiples tribulaciones, físicas y emocionales, porque sobrevivir no es solo resistir, sino también volver a creer en un futuro posible.
Haciendo un pequeño paréntesis, el propio nombre de la película, Greenland, nos hace eco con la realidad. En los últimos años hemos escuchado noticias sobre el interés geopolítico de Estados Unidos en esas tierras, y la película, de forma breve pero sugerente, nos recuerda que en Groenlandia existieron búnkers construidos durante la Guerra Fría.
Aquí una referencia histórica fascinante: Camp Century.

Camp Century fue una base secreta de Estados Unidos construida bajo el hielo de Groenlandia en 1959, en plena Guerra Fría. No era solo un campamento, sino una verdadera ciudad subterránea excavada en el hielo, con túneles, dormitorios, laboratorios, hospital, cine e incluso un reactor nuclear, todo escondido bajo kilómetros de hielo.
Pero esa “cara científica” ocultaba algo más grande: el Proyecto Iceworm, un plan secreto para esconder misiles nucleares bajo el hielo de Groenlandia apuntando a la Unión Soviética. Oficialmente era investigación; en realidad, era una estrategia militar. Cuando el hielo comenzó a moverse y a deformar la estructura, el proyecto fue abandonado en los años sesenta, dejando residuos, material nuclear y secretos atrapados bajo el hielo. Hoy, con Groenlandia resonando cada vez más en los medios, ese recuerdo histórico adquiere un nuevo sentido.
Volviendo a la película, vemos cómo los protagonistas buscan refugio en Groenlandia para salvar sus vidas. Han pasado cinco años y se ven obligados a salir del escondite en la búsqueda de un lugar donde el aire, el agua y la naturaleza se hayan vuelto más amigables para el ser humano. Sin embargo, este mundo postapocalíptico también ha despertado lo peor del hombre: la destrucción no es solo estelar, sino también mental y física. Se han perdido valores humanos e incluso espirituales, llevando a las personas a una deriva emocional profunda.
Greenland no solo propone una historia de supervivencia, sino también una reflexión sobre cómo debemos cuidar nuestro planeta para que las generaciones futuras tengan un lugar digno donde vivir. Es la búsqueda constante de una tierra prometida en medio de un mundo hostil, oscuro y sin certezas.
Sin ánimos de spoilear, la película nos deja una sensación que recuerda al epílogo bíblico

Como si, tras el desastre, el ser humano volviera a encontrarse en un nuevo paraíso, al estilo de Adán y Eva, para colonizar una vez más la tierra prometida y dar origen a una nueva humanidad.
En el apartado creativo también hay nombres que elevan la experiencia. La dirección está a cargo de Ric Roman Waugh, un realizador que ha sabido construir un lenguaje propio dentro del cine de acción y supervivencia, y que ya había colaborado antes con Gerard Butler en títulos como Angel Has Fallen, creando una complicidad narrativa que aquí vuelve a sentirse.
Butler no solo carga la película desde lo actoral, sino también desde la producción, aportando una mirada más humana y menos heroica al género del desastre. A eso se suman las impactantes locaciones en Islandia, que aportan una textura real, fría y casi poética al paisaje postapocalíptico, junto a efectos especiales de alto nivel que no solo impresionan visualmente, sino que transmiten emoción, tensión e intensidad, haciendo que el espectador sienta que el peligro no está lejos, sino respirando muy cerca de cada escena.
Las Locaciones son muy impresionantes

La película está filmada en impactantes locaciones de Islandia, que aportan una atmósfera fría, real y casi poética al paisaje postapocalíptico. Los efectos especiales están muy bien logrados, no solo desde lo visual, sino desde la emoción y la intensidad, haciendo que cada escena se sienta cercana y creíble. La interpretación de Gerard Butler es sólida y convincente; no se limita al héroe clásico, sino que transmite vulnerabilidad, miedo y responsabilidad, dejando claro que aquí el mensaje no es solo sobrevivir, sino despertar como humanidad.
Detrás de la cámara está el director Ric Roman Waugh, quien ya había trabajado con Butler en anteriores proyectos de acción, lo que hace más fluida y natural la colaboración entre ambos. Esa complicidad cinematográfica se nota en el ritmo, en la tensión y en la forma en que la historia no solo entretiene, sino que también invita a reflexionar.
