
Soy mega fan del cine coreano, por lo que siempre disfruto profundamente cuando tengo la oportunidad de ver este tipo de películas en pantalla grande. El director alcanzó fama mundial con obras como Oldboy, una obra que marcó un antes y un después en el cine contemporáneo, y más recientemente con Decision to Leave, presentada en prestigiosos festivales como Cannes y TIFF, consolidando su lugar como uno de los grandes autores del cine actual.
En No Other Choice, la película funciona como una potente metáfora del capitalismo y de cómo, cegados por la rutina, podemos quedar atrapados en una suerte de esclavitud del trabajo obrero. Una alegoría que inevitablemente recuerda a la caverna de Platón, donde la realidad se distorsiona y el individuo pierde conciencia de sí mismo y de los demás.

A través del humor negro, el filme muestra hasta dónde puede llegar una persona en su desesperación por conseguir un empleo: hacer lo imposible —incluso cruzar límites morales— con tal de impedir que cualquier otro candidato sea mejor que él y así convertirse en la única opción para el empleador. La película se mueve entre lo filosófico, la crítica social y también una lectura ambientalista, planteando preguntas incómodas pero necesarias.
La historia se desarrolla cuando el protagonista es despedido e intenta, por todos los medios posibles, conseguir un nuevo trabajo para mantener a su familia. Y entonces surge la gran pregunta:
¿hasta qué punto serías capaz de llegar para lograr tu propósito y obtener el trabajo de tu vida?
Estas y muchas otras premisas atraviesan la película. Para algunos puede parecer extensa, pero recomiendo tenerle paciencia, porque el viaje realmente vale la pena. Ha recibido muy buenas críticas y se perfila con fuerza como una de las mejores películas extranjeras en las distintas salas de premiación.
Por mi parte, sigo de cerca la filmografía del director y tuve además la grata oportunidad de entrevistarlo, una experiencia enriquecedora y profundamente memorable.
Reflexión personal (contiene spoiler)

Casi en el pináculo de la película hay una imagen que se queda resonando mucho después de que terminan los créditos. La cámara toma distancia y muestra a nuestro protagonista regresando al trabajo, atrapado en una interminable fila de automóviles que avanzan por la carretera hacia la misma dirección: la rutina. Antes no tenía empleo, pero era libre de ir a donde quisiera; ahora, en cambio, parece convertirse en un engranaje más del sistema.
Luego lo vemos solo dentro de una fábrica, rodeado de máquinas. Ese es el lugar por el que luchó tanto. Volver a trabajar es, por supuesto, una necesidad: debe sostener a su familia y cubrir los gastos. Pero la película deja flotando una pregunta incómoda: ¿el precio de ese trabajo vale la pérdida de la libertad? ¿Vale la pena convertirse en una pieza más del consumismo y del capitalismo?
La cámara vuelve a alejarse, mostrando la inmensidad de la fábrica con un solo empleado y el ruido constante de las máquinas. Y entonces la reflexión se impone sola: tanto esfuerzo, tanto sacrificio, para terminar siendo una máquina más dentro del sistema. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a obedecer ciegamente por un sueldo? ¿Qué somos realmente y qué vida estamos construyendo? Park Chan-wook no entrega respuestas, pero deja la inquietud instalada: tal vez la verdadera prisión no sea no tener trabajo, sino olvidar por qué y para qué trabajamos.
