
por Catalina Donoso
Fui al Festival Wiken de Vitacura para ver la película Nouvelle Vague, una cinta que llega precedida por una excelente recepción de la crítica, con un 91% de aprobación en Rotten Tomatoes, y que confirma desde sus primeros minutos por qué ha despertado tanto interés entre los amantes del cine.
Dirigida por Richard Linklater, Nouvelle Vague es una comedia dramática filmada en blanco y negro que nos transporta a finales de los años cincuenta, justo cuando el cine francés comenzaba a romper sus propias reglas para dar paso a una nueva forma de narrar. La ambientación es tan precisa que por momentos parece que estuviéramos viendo una película rodada realmente en los años 60: el vestuario, los cafés, los departamentos, la luz de París, los gestos y la manera de relacionarse de los personajes construyen una atmósfera profundamente auténtica.
La historia sigue el rodaje de À bout de souffle (Sin aliento), la mítica película de Jean-Luc Godard, una de las obras fundacionales de la Nouvelle Vague. En pantalla vemos cómo Godard, interpretado por Guillaume Marbeck, se mueve entre la intuición, la rebeldía y el caos creativo, acompañado por Jean Seberg (Zoey Deutch) y Jean-Paul Belmondo (Aubry Dullin), dos figuras que terminarían marcando la historia del cine.
Lo que hace especial a Nouvelle Vague no es solo la reconstrucción histórica, sino su espíritu. La película retrata a una generación que decidió salirse de los esquemas tradicionales para profundizar en algo más libre, más emocional y más humano. No siempre es un cine completamente explicable, pero sí un desafío visual e intelectual: invita a sentir antes que entender, a observar antes que juzgar.

A lo largo del metraje se mencionan y aparecen grandes nombres de la época: François Truffaut, Claude Chabrol, Suzanne Schiffman, Roberto Rossellini, entre otros, recordándonos que la Nouvelle Vague no fue solo un estilo, sino una verdadera revolución que terminó convirtiéndose en la base del cine contemporáneo. Fue el momento en que el cine dejó de parecerse a sí mismo para comenzar a reinventarse.
Ver esta película dentro del contexto del Festival Wiken potencia aún más la experiencia. El cine al aire libre, bajo las estrellas, crea una conexión especial con la memoria. Personalmente, me recordó a cuando era joven y llevaba mi silla a la plaza del barrio en noches de verbena para ver películas con los vecinos. Quizás esas noches ya no se viven igual, pero el recuerdo permanece, presente, acompañando cada función.
Además, el entorno del festival es precioso: lleno de vida, con stands, foodtrucks y espacios para recorrer antes y después de cada proyección. Wiken no es solo ver una película, es compartir, caminar, encontrarse y dejarse envolver por la magia del cine en comunidad.
Nouvelle Vague dialoga perfectamente con ese espíritu. Es una película que mira al pasado para entender el presente, que celebra el riesgo creativo y que nos recuerda por qué el cine sigue siendo un arte vivo. Bajo las estrellas de Vitacura, la experiencia se transforma en algo más que una función: es un viaje al momento exacto en que el cine decidió ser libre.
